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Quince cuestiones  
 

Un Rey olímpico

Por José Antonio Samaranch
Marqués de Samaranch. Presidente del COI

Contemplando panorámicamente el acontecer de esta postrera centuria, constatamos que ha sido pródiga en acontecimientos de toda índole que han transformado nuestro mundo como jamás había ocurrido. Aparte de los descubrimientos científicos, las guerras, las ciencias y las tecnologías que han marcado indeleblemente nuestro siglo, otro acontecimiento universal, como es el deporte, ha marcado estos últimos cien años, al punto de que éste puede calificarse como el siglo del deporte. Y no solamente por la espectacularidad de las competiciones, la valía de los récords y el relieve de las hazañas que han asombrado a nuestras últimas cuatro generaciones, sino, esencialmente, por la vertiente educativa, cultural y mediática que el deporte encierra y que ha marcado a toda nuestra sociedad. En ello, el Olimpismo ha sido el cauce, el movimiento y la filosofía que han globalizado el deporte.

En estos últimos latidos de nuestro siglo, el interés popular, las conversaciones familiares, la atención televisiva y, lo que es más importante, la educación de nuestra juventud, está presidida por los valores éticos, educativos y pedagógicos, que la formación deportiva lleva siempre consigo. En el ambiente de las familias, el deporte es no solamente tema generalizado de conversación, sino que forja y encauza la educación doméstica.

La Familia Real es un brillante ejemplo de ello. Nada menos que cinco de sus nueve miembros han vivido la íntima satisfacción de haber participado en alguna edición de los Juegos Olímpicos. Ello es reflejo, no solamente de sus habilidades deportivas, sino, esencialmente, del ambiente y de la educación familiar, netamente olímpica, que ha existido siempre en la intimidad doméstica de la Familia Real.

Cabe recordar, como antecedente, que el Rey Don Alfonso XIII fue distinguido, en 1915, por el barón de Coubertin, presidente del Comité Internacional Olímpico, con el Diploma Olímpico al Mérito ­que solamente otros dos españoles merecieron­ y que se concedía únicamente a una personalidad cada año.

Cuando la Reina Sofía era una risueña y joven Princesa griega formó parte, en 1960, del equipo olímpico de su país en los JJ.OO. de Roma-Nápoles, en los que su hermano, el Príncipe Constantino, se proclamó campeón olímpico en la clase «Dragón».

La vocación deportiva y olímpica de la Familia Real española ha tenido siempre amplia base y ha presidido la intimidad de sus miembros. El Rey Juan Carlos, desde su infancia, se sintió vinculado con la práctica deportiva. Fue un buen jugador de hockey sobre patines, y, al llegar a la adolescencia, sintió la llamada de la naturaleza destacando en dos disciplinas que tienen como marco y escenario el encanto de la mar y la serena belleza de las montañas y valles, añadiendo, a los placeres de la náutica y del esquí alpino, el goce de la naturaleza en su más auténtica y genuina manifestación. Por ello es un muy buen esquiador y un relevante patrón de yate, habiendo participado en los JJ.OO. de 1972, cuyas competiciones náuticas se disputaron en las frías aguas de la bahía de Kiel, patroneando el «Dragón» español, «Fortuna». Aquella condición de atleta olímpico acentuó todavía más el ambiente deportivo de la Familia Real, tanto en sus momentos de ocio, como en la espontaneidad de su trato. Don Juan Carlos conoce y vive al momento los acontecimientos del deporte español. Su sentido del humor muestra, espontáneamente, pinceladas deportivas que hacen todavía más agradable su conversación. He tenido la oportunidad de compartirlas a menudo.

La vida deportiva en el seno de nuestra Familia Real se ha reflejado en los hijos de Don Juan Carlos y de Doña Sofía. Han seguido, con singular interés ­al igual que toda su generación­, las competiciones y resultados de los JJ.OO. En cualquier hogar, la participación de alguno distingue con singular relieve el espíritu y la vocación deportiva que reina en el seno familiar. Pocas son las familias que lucen entre sus miembros varios atletas olímpicos. En España son escasísimas las que cuentan entre sus familiares con 4 ó 5 participantes olímpicos. Entre aquéllas se cuenta la Familia Real, ya que son cinco los que se han honrado con la participación en unos Juegos. Nápoles (1960), Kiel (1972), Seúl (1988), Barcelona (1992) y Atlanta (1996) vieron a la entonces Princesa Sofía, al entonces Príncipe Juan Carlos, a la Infanta Cristina, al Príncipe de Asturias y a Iñaki Urdangarín entre sus participantes. El duque de Palma de Mallorca ha continuado en el equipo olímpico español de balonmano en los Juegos de Sidney.

Otras familias reinantes han contado entre sus miembros con atletas olímpicos (Noruega, Grecia, Mónaco, Gran Bretaña), pero ninguna de ellas lo ha hecho con la continuidad y relevancia de nuestra Familia Real. Por lo que cabe calificarla como una Real Familia Olímpica. En el destacadísimo nivel deportivo que actualmente ostenta nuestro deporte, el ejemplo de Don Juan Carlos ha significado una muestra tan discreta como relevante.

Por ello el Rey es asiduo seguidor de la mayoría de competiciones deportivas de todo nivel. A él y a su familia, el agradecimiento del deporte español y del internacional. ¿Un Rey olímpico?, no hay duda de que lo es.

«Brindo por estos Juegos, los más universales celebrados hasta la fecha (...) Brindo por los deportistas, que se han preparado con tesón para estar aquí y que despertarán nuestra emoción y nuestra admiración con su noble competir. Brindo, finalmente, por que Barcelona sea en estos días el marco en el que todos, unidos por el ideal olímpico, demos una nueva oportunidad a la paz y a la concordia entre los hombres y mujeres del mundo entero»
(Almuerzo en el Palacio de Pedralbes con motivo de la inauguración de los JJ.OO. Barcelona, 25 de julio de 1992)

«El deporte es hoy día también un valor cotizado y una moneda de cambio en el ámbito de las relaciones internacionales. Un esfuerzo como el que habéis realizado no debe agotarse en la celebración de lo ya conseguido, sino que debe tener continuidad indispensable en el contexto mundial, donde o se avanza o se retrocede, pero es imposible permanecer pasivo»
(Discurso a los miembros de la Asociación de Deportes Olímpicos (ADO), 16 de septiembre de 1992

«El deporte es una magnífica escuela de formación para la vida, que estimula el deseo de perfeccionamiento, establece sólidos lazos de amistad, permite desarrollar una gran solidaridad humana y facilita contactos con personas de otros ambientes y nacionalidades, contribuyendo a un verdadero acercamiento entre los pueblos»
(Acto de Constitución de la Asociación Española de Atletas Olímpicios, 3 de junio de 1993)



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