A
diferencia de las demás clases, la clase media de 1975 sabía que tenía
algo que perder, y el orden y el temor al desorden presidían mentalmente
el centro de su universo, si acaso alterado por el ímpetu juvenil de algún
joven lector de Lenin que arrojaba octavillas en la boca del Metro como
para evocar la «toma del Palacio de Invierno». En el invierno de 1975,
sin embargo, ningún joven había podido ver El acorazado Potemkin,
la piadosa película de Eisenstein que, tras cuatro décadas de prohibición,
sería repuesta en Madrid en el verano del 77, un año después del estreno
en Barcelona de El gran dictador, de Chaplin. La cartelera madrileña,
al no poder programar más que títulos de una moral purísima, iba proyectando,
por exclusión, una cinematografía terriblemente inmoral para mayores de
dieciocho años: ¡Ya soy mujer! (Summers), Pippi lo pasa pipa
(Pippi Langstrumpf), Apasionada (Ornella Muti), Venga a tomar
café con nosotras (Ugo Tognazzi), y así. El cine de compromiso
más íntimo estaba en Perpignan y se llamaba Emmanuelle: todo el
mundo se enamoró con frenesí de Sylvia Kristel, y la clase media viajaba
para verla con esa ansiedad que exhiben los futbolistas ingleses cuando
acuden a rematar un córner. Al mismo tiempo, en Cáceres, un guardia municipal
se procuraba su cuarto de hora de gloria moral obligando a retirar de
un escaparate La maja desnuda de Goya, a su juicio «indecente y
pornográfica». Y la censura publicitaria prohibía el lanzamiento de una
bebida refrescante que llevaba por lema «Haz el amor y no la guerra».
Estaba visto que, si alguien quería saber algo del amor, no tenía que
interrogar a un poeta, sino a un médico.
Algo de todo esto empezaba a deslizarse en la estadística, como, por
ejemplo, la edad media de la maternidad de las españolas, que iba en aumento.
Año Santo, el de 1975, que también fue declarado Año Internacional de
la Mujer, o de «la santa», como la llamaba el español de toda la vida.
La inglesa Margaret Thatcher ganó la presidencia del Partido Conservador,
la japonesa Junko Tabei coronó el Everest y la norteamericana Patricia
Hearst, víctima de aquella suerte de blanquismo de los sesenta
para gente acomodada y con remordimientos por su desahogo económico, fue
arrestada por la policía.
En
España, al referir la influencia de la causa juvenil, los cronistas exageran
hasta encontrar el idioma castellano casi insuficiente, pero, en realidad,
la causa de aquella juventud acomodada que dormía con el póster del Che
respondía más al primer nihilismo de la abundancia que a la última crisis
del capitalismo. La sociedad se había convertido en un muestrario de «copias
infieles de originales inútiles», y, al final, la mayoría no halló mejor
manera de librarse de sus obsesiones que proyectar sus sueños en una actividad
nueva: el consumo. Fruto del azar o de la necesidad, el consumo constituyó
el mayor de los milagros, aunque luego a todo el mundo le ha hecho ilusión
apropiarse del comentario del duque de Wellington acerca de la batalla
de Waterloo: «Fue algo extraordinario. Creo que si yo no hubiera estado
allí no habríamos ganado.»