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ENTREVISTAS

«José María Javierre, sacerdote y escritor: «En Sevilla deberíamos tener un cardenal»
   
por Ignacio Camacho


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«El Papa se debería retirar. Sería un ejemplo de desprendimiento, después del actual ejemplo de fortaleza y ternura»

Foto: Nieves Sanz

 




Se define como «un cura rezador», pero también es un cura culto, listo, humanista y valiente. Biógrafo de santos, periodista esencial en la Sevilla de la transición, viajero, estudioso, conversador, sabio. José María Javierre dio un pregón de Semana Santa heterodoxo y lúcido, y lleva diez años coqueteando con una muerte que aún no se atreve a llevárselo porque los tipos así son imprescindibles en la vida. Ahora espacia más sus salidas y observa la ciudad desde un balcón frente al río.

—¿Cómo ve Sevilla, Andalucía, cuando se asoma al balcón?

—Es un momento complicado. Andamos a tirones, a fogonazos. Nos hemos hecho viejos...

—¿Todos? ¿También los jóvenes?

—Sí, sí. Para mí, un símbolo claro de la situación en la que se encuentra Andalucía es la A-92. Funciona, pero llena de trampas, de baches. Toda la historia que tenemos de malos administradores, y a veces de llevarnos los dineros, está ahí. Un eje que es una promesa de futuro, pero lleno de agujeros, de abismos.

—¿Es un problema sólo de políticos, de líderes?

—No. De los políticos, sobre todo. Pero tenemos un cuerpo social débil. Quizá sea cuestión de educación, de cultura. Se asombra uno viendo los índices de popularidad de la telebasura. Eso no significa que no tengamos esas virtudes que gustamos de ensalzar, pero...

—¿Se podría compensar esa debilidad del cuerpo social si existiera un liderazgo sólido?

—Es antes el huevo que la gallina. El liderazgo es necesario para que el cuerpo social encuentre su camino. Hay que tirar de él.

—Y no hay con qué.

—No. Usted me contará. Personas muy respetables, pero... No voy a murmurar, jaja.

—Pero esto nos gusta, Javierre. La famosa calidad de vida...

—No, es que es verdad. Por eso no cambio yo Madrid por este balcón mío. Esto es lo que nos fascina a todos, lo que hace que nos quedemos cuando tenemos la oportunidad de irnos.

—¿Y también, quizá, que no trabajemos lo necesario?

—No, ahora se trabaja. Hay mucha gente que trabaja bien y con seriedad. Ya no existe esa antigua indefinición del esfuerzo que había antes, hay mucha gente aquí que trabaja con más intensidad y con mejores resultados que fuera. Pero no estamos estructurados, nos falta articulación.

—¿Por qué?

- No sé. Pero eso no es por nuestro cielo hermoso... Tenemos una vieja nostalgia, ya sabe, los cielos que perdimos, y todo eso, pero es inevitable y es una pátina buena. Pero hay que hacer que surja algo más.

—¿Es bueno que pese tanto en la ciudad la Semana Santa?

—Según cómo sea la Semana Santa. A mí me asombró descubrir que bajo la Semana Santa hay familias de escritores, de catedráticos, de intelectuales que la viven intensamente, sin presumir, sin que se les vea ni se les note...

—¿Qué quiere decir intensamente? ¿Una experiencia estética, religiosa, sentimental?

—La experiencia del misterio. Una mezcla de estética y religiosidad, pero el misterio es... Uf, es una de las arterias más difíciles de comprender de la ciudad. Antes, cuando yo llegué, sólo había una Sevilla, un cogollo social, político, una cierta comunidad de sentimientos y de ideales de la que participaban de algún modo todos los ciudadanos.

—¿Eso era bueno o malo?

—En todo caso, era inevitable que desapareciera. Daba gusto vivirla para los que la vivíamos bien. Pero bueno, era un núcleo, y ahora han ido apareciendo muchas Sevillas, laborales, espirituales, intelectuales, culturales. El núcleo que perdura es la Semana Santa, su fuerza estética y religiosa, una cierta fatalidad en la aceptación del misterio. En fin, un embrollo. Pero un embrollo que yo no cambio por nada.

COFRADÍAS

—Me decía un día el profesor socialista Vargas Machuca que era un fenómeno curioso ver cómo en Andalucía, con un poder político tan expansivo y que genera tanta dependencia, las cofradías, que son al fin y al cabo instituciones premodernas, eran las únicas que resisten de un modo independiente. O las que más resisten.

—Las que más, sí. Sentido asociativo hemos tenido muy poco en Andalucía, y por eso el cuerpo social ha evolucionado lentamente y la presión política, la dependencia, el pedir limosna al político ha sido una actitud permanente. Estamos muy habituados a esa dependencia, pero yo tengo esperanza en la gente joven que, sin renunciar a ciertas esencias, que no sé muy bien cuáles, de historia, de estética, de religiosidad, no las tiene como prioridad inmediata.

—¿La tendencia independiente de las cofradías afecta también al poder teológico?

—Esto es divertido, ahora mismo. Problemas de las cofradías con la jerarquía eclesiástica los ha habido siempre que las cofradías han tenido vitalidad. Lo que pasa es que, generalmente, los arzobispos andan con mucho cuidado. Y estoy pensando incluso en el cardenal Segura, que quizá fue el único tema en el que cedió y aceptó la convivencia... Pero la independencia religiosa de las cofradías no es un problema esencial, aunque nos entretenga mucho, y supongo que al arzobispo le creará sus problemas y sus quebrantos.

MUJERES NAZARENAS

—¿Las mujeres tienen que salir de nazarenas?

—¿Ya está resuelto el asunto, no? Hmmm, creo que el arzobispo lleva razón. Hay dos cosas distintas: si las mujeres pueden salir de nazarenas o si tienen que salir de nazarenas.

—Y una tercera: ¿Se les puede prohibir salir de nazarenas?

—A ésa ya no le voy a contestar, jaja. Sí creo que las hermandades tienen que gobernarse y tener una cierta autonomía, que es la única manera de conciliar las tradiciones con la vida actual y la futura. Entonces, sí pienso que hay contar con las hermandades. En todo caso, este asunto no es más que el del papel de la mujer en la sociedad contemporánea. Inevitablemente, usted me va a preguntar por la posición de la mujer en la Iglesia...

—Téngalo por seguro.

—Claro, jaja. El salto que hemos dado es enorme. Yo creo que ellas tienen más fuerza anímica, sentimental e intelectual, pero ahora el mundo está contando con la suma completa de facultades del hombre y de la mujer.

—Por eso es inevitable que, cuando el arzobispo dice que las mujeres han de salir de nazarenas, uno se pregunte por qué no pueden ejercer el sacerdocio, por ejemplo. O por qué no pueden ser «obispas».

—Ay... Esa pregunta también me la hago yo. No es el arzobispo el que no las deja entrar en el sacerdocio, jaja, es la Iglesia. Fíjese, un día le comenté yo al señor arzobispo lo difícil que es vencer en el terreno religioso esta ausencia de la mujer. Usted va a una función litúrgica solemne en la Catedral, y estamos allí en el altar el arzobispo, los concelebrantes, los canónigos, los lectores, los monaguillos, los sacristanes... Cincuenta personas. Y los cincuenta somos varones; acaso sube una mujer a leer una lectura del Antiguo Testamento.

—Tengo la impresión, cura, de que estamos pisando sobre minas.

—La «Mulieres dignitate», el documento de Juan Pablo II sobre la dignidad de la mujer, hace tres o cuatro años, para mí es el mejor texto que se ha escrito sobre la mujer en la cultura contemporánea. Es asombroso. Pero el día que lo presentó el cardenal Ratzinger, todos estábamos pendientes de una página, la que rechazaba el ingreso de las mujeres en la dignidad del sacerdocio.

—¿Y?

—El Papa ha pedido a los teólogos que no discutan este asunto, y por supuesto, que se procure evitar en las entrevistas periodísticas, jaja. Ya se da usted cuenta de que voy en espiral, sinuosamente. A mí me parece que hay un cierto truco teológico. A mí me interesa más la filosofía, que son preguntas, porque la teología son intentos de respuesta. Y las respuestas se aplican en función de la cultura de cada momento.Bueno, yo creo que en la cultura actual de la Iglesia perdura una razón teológica básica, que es la de que para ejercer cualquier dignidad o mando ha de haber una base sacramental. Como a la mujer no se le ha concedido la consagración sacerdotal, no puede ejercer mando en la Iglesia.

—¿Y si le hago la pregunta al revés? ¿Por qué no se le ha concedido a la mujer la dignidad sacramental? ¿Quizá para que no pueda ejercer el mando?

—Yo me gané una gran bronca periodística porque en un sínodo hubo un americano que preguntó, más o menos, por qué las mujeres no podían ser nuncios. Yo escribí un artículo que se titulaba «¿Una rubia en la Nunciatura?», y el nuncio se puso furioso, jaja. Es legítimo preguntarse si el temor a aceptar el sacerdocio de la mujer es porque entonces sería inevitable su progreso en la organización eclesial, o si es porque no tiene la base sacramental.

—¿Se trata de un problema político?

—De algún modo, sí.

—¿Y cuando las cofradías se niegan a admitir la salida de las mujeres, es un problema de desobediencia?

—No. De cultura, de enfoque personal. Hemos de ser tolerantes, y eso se acabará solucionando solo...

—Oiga, Javierre, ¿Sevilla necesita un cardenal?

—Ahí soy parcial. Soy sevillano absoluto, creo que deberíamos tener cardenal en Sevilla. También en Tarragona, en Santiago... Los sevillanos nunca se van a creer que la dificultad para que lo hagan cardenal no está en su carácter, en su éxito como arzobispo y en su valía personal, que es indiscutible. Yo venero a don Carlos. Pero la categoría personal no interviene. Es un problema geopolítico. Hasta Pío XII, el Colegio Cardenalicio era fundamentalmente europeo, pero a partir de ahí se empezó a abrir la nómina, y es más difícil entrar.

—El arzobispo dice que la cama es larga y la manta, corta.

—Así es, jaja, pero esto en Sevilla no se lo cree nadie. Pero yo esta vez me he enfadado, y creo que con razón. En esta ocasión, a España no le tocaba ningún cardenal nuevo. En esta última leva había un cardenal ejerciente en Roma, Martínez Somalo, y otro recién jubilado, que es mi hermano Antonio. Si hacían un cardenal español nuevo, podían nombrarlo en Roma, había incluso un jurista del Opus que era bastante seguro, pero han hecho a uno del Opus de Perú y se quedó fuera. Bueno, pues si había uno español, tenía que ser el de Sevilla. Y han hecho al de Toledo, muy digno de respeto, pero ya había presentado la renuncia. De hacer un cardenal en España, tenía que haber sido al de Sevilla.

—¿Quién nombra a los cardenales de verdad? ¿La Secretaría de Estado?

—Eso es un misterio. Desde luego, no es el Espíritu Santo, jaja. Bueno, al Papa le presentan la lista, una lista razonada, pero en general la lista la hace la Secretaría de Estado, sí, con informes de todos los nuncios. Sobre la mesa del Papa echan todos los días los problemas del mundo entero, y entre esos problemas distinguir si hay que hacer cardenal a uno de Sevilla o de Santiago de Compostela... Si tiene algún deseo, lo manifiesta y no se discute. En el caso de Sevilla, yo tengo alguna información de que lo deseaba.

—¿Y entonces?

—Ah...

JUAN PABLO II

—Ya. Por cierto, ¿el Papa se tendría que ir?

—Hombre, yo soy muy crítico con la Historia de la Iglesia, no me asusto de nada. Y cada día soy más crítico. Yo me he preguntado muchas veces cuál es mi visión total de este Papa. Es uno de los grandes personajes del siglo XX, un tipo fabuloso, esencial en el sentido de la Historia, con mayúsculas. Yo he ido con él en quince viajes, era un fenómeno prodigioso. Es un conservador, desde luego, sobre todo en la vida interna de la Iglesia, y respecto a la vida sexual de la juventud, a la natalidad... Nos ha dejado en suspenso con problemas serios. Pero frente a eso, ha sido el más abierto a las religiones, ha tomado actitudes impensables en ese campo.

—Vale, y después de todo este prólogo, ¿se tiene que ir?

—A mí me encantaría que se fuera para redondear su figura. He hecho el prolegómeno porque hoy, decir que el Papa se debía retirar parece que es no quererlo. Y eso es un error. Al Papa yo lo venero, pero pienso que se debería de ir para dar ejemplo de desprendimiento. Nos está dando un admirable ejemplo de fortaleza y de ternura, pero sería más admirable todavía que se retirase. El que venga, también será Papa. Sólo se ha retirado un Papa en la Historia, Celestino V, un fraile del siglo XIII. Fue un Papa pésimo, por cierto, pero se retiró a tiempo y acabó santo, jajaja.


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