SOLILOQUIO DEL
NAZARENO. DE «SEVILLA EN FLOR»
por José Andrés Vázquez
Detrás del Santo Cristo del Amor voy, con mis hermanos de
Cofradía, envuelto en la túnica negra, ceñida la cintura con cuerda de esparto, oculto
el rostro con el antifaz, y en alto el cirio encendido
Todavía no luce la llama
porque lo impide la luz del sol cobrizo del atardecer, pero allí está, como promesa de
estrella, en pugna con el afán del aire por apagarla. El sol, que aún se detiene en los
pretiles de las casas de la plaza del Salvador, antes de dar el salto definitivo hacia el
espacio azul, dejará encendidas las estrellas en el cielo y en estrellas convertirá las
llamitas de los innumerables cirios que portan los penitentes.
La llama de mi cirio es la luz de
mi espíritu; y al ponerla en alto deseo que mi Cristo del Amor la vea para que me vea a
mí y me ciña en el abrazo de la misericordia y perdón que desde la Cruz en que va
clavado y sangrante le va a dar a Sevilla al recorrer sus calles
Allá lejos, al
comienzo de la procesión que ya se entró por la calle de la Cuna, los niños de la
Entrada en Jerusalén agitan las palmas como para limpiar con cándida aspersión el aire
de pecado, y dejarlo transparente para que lo atraviese Jesús
Es el homenaje de la
inocencia a Aquel cuya vida fue un haz de resplandores blancos y puros, una radiante luz
que disipó la noche del error y dibujó sobre el mundo la magna claridad del triunfo del
amor fraterno en la Redención.
En pos de Ti, Señor, vamos
siguiendo la claridad que dejaste al pasar. Vendrá la noche, y, a la luz de las estrellas
y los cirios encendidos, verás como te siguen nuestras almas, afanosas de conmemorar tu
infinita siembra de amor.
Te recordamos, Señor, aquella
mañana en que descendías a Jerusalén desde el monte Olivete. El sol arrancaba reflejos
de las cúpulas y se extendía en ráfagas hasta el Valle de Josafat. De la sombra de un
repliegue de la tierra salieron diez leprosos como diez sombras. Diez esqueletos
repugnantes con la cara en pura llaga pegada a los huesos, los cabellos desprendidos, los
rostros deformados y las miradas mortecinas. Sus voces trémulas clamaban al unísono:
«¡Jesús, Jesús, ten misericordia de nosotros!» Y Tú fuiste compasivo, Señor: tus
divinas manos prodigiosas cerraron las llagas y devolvieron salud y hermosura a los
infelices apestados.
También recordamos la vez que
estabas retirado en la otra orilla del Jordán. Se estremecía el campo con el temblor de
la fecundidad primaveral
Apuntaban los renuevos de las viñas, reverdecían los
cedros, cuajaba en azahar en los naranjos y todo se teñía de esperanza desde el valle
del Cedrón hasta la cima del Moria
El aire templado y perfumado recogía arrullos
de palomas y tórtolas
Y Tú estabas triste. En tu tensa frente perfecta
amenazada ya por la proximidad de las espinas- había una arruga que alcanzaba a las
cejas y las unía en un gesto de dolor. De tus ojos se había ido el resplandor y las
miradas morían tristes en el cerco violáceo de las ojeras. Es el presentimiento de la
hora del sacrificio. Y entonces te llega la noticia de que Lázaro, tu amigo, está
gravemente enfermo en Betania y allá vas con todas tus tristezas a llevar al que sufre el
consuelo de tu presencia. Detrás de Ti van los discípulos olvidados de cómo se ríe,
pues ya les habías dicho que se aproximaba la hora de la separación
Recordamos,
Señor, que al llegar a Betania salió Marta a tu encuentro y te dijo que su hermano
Lázaro había muerto hacia ya cuatro días. Y añadió: «¡No hubiese muerto si hubieses
estado aquí!». «¡Tu hermano resucitará!», respondiste Tú. Y fuiste al sepulcro, y
sobre la losa, por entre cuyas rendijas trasminaba el olor a podre y a gusanos, resonó Tu
voz imperativa: «¡Lázaro, levántate y anda!» Y Lázaro revivió. Sus ojos encontraron
de nuevo la luz perdida, volvió a palpitar su corazón y en sus labios florecieron otra
vez las sonrisas de la vida.
Recordamos todo eso y mucho
más
Recordamos también, Señor, el prodigio tuyo, aquí en Sevilla, cuando te
labraron clavado en esa cruz y te dieron el nombre de Cristo del Amor con que llenas de
consuelo las almas de los que te siguen enfervorizados por tu belleza y tu misericordia.
Todos sabemos que hiciste un creyente de aquel descreído oficial del taller de Juan de
Mesa, que se clavó una espina de tu corona al elevarte en el primer altar que tuviste. Su
sangre se unió con la tuya, Era un leproso del pecado, un muerto hediondo en la tumba del
escepticismo, y Tú le sanaste y le hiciste revivir. Tú que estableciste el universalismo
del amor en caridad y ofreciste la inmortalidad dichosa de las almas en las promesas
solemnes del Sermón de la Montaña y nos diste en el Padrenuestro el compendio de nuestra
ética religiosa
Tú, el Señor del Amor sin tregua ni medida
Mira mi llama, Señor. Ella te
dirá cuáles son los anhelos de mi alma que te sigue. Una mirada tuya la limpiará como
están limpias las de los niños que van delante con las palmas purificando el aire por
donde Tú has de pasar. Yo sé que pasarás diciendo: «En verdad os digo que el que no
tenga el alma como las de esos pequeñuelos no entrará en el reino de mi Padre».