SEPIA. «SIETE
PALABRAS». «EL MUNDO». 1998
por Ignacio Camacho
El sonido de tus pasos sobre los adoquines te ha devuelto de
golpe a las calles de tu memoria, como si este regreso litúrgico que transportase en el
tiempo hacia unas raíces que aún no sabes si existen, hasta el corazón mismo de esa
infancia que tantas veces has identificado como tu única patria. Todo es igual, hasta las
voces chillonas de los niños que rompen detrás de alguna esquina el silencio de la tarde
plomiza y gris, el eco blando de la campana que llama a los Oficios, el terno oscuro y
endomingado de los hombres, la beata coquetería primaveral de las mujeres. Un nazareno ha
pasado con prisas junto a tu ventana, y el roce de su capa en la acera te ha traido la
certeza de que has convocado de golpe todos los fantasmas de tu propio pasado. Tantas
veces fue así, el viento gélido del atardecer sembrando de dudas el rito del viernes, la
presencia táctil del polen de los campos acariciando el patio de tu vieja casa, el
entorno festivo de los emigrantes retornados como peregrinos en su propia tierra. Entonces
has oído retumbar un tambor en la lejanía, y en la algarabía de las trompetas cada vez
más próximas has sentido flotar las ilusiones de tu niñez. Has llegado a la esquina
justo a tiempo de alcanzar el pasacalles, la banda a todo trapo recorriendo a la inversa
el camino de la procesión, la chiquillería alborozada que le sigue los pasos entre un
mar de globos de colores, y te has ido detrás en busca de no sé qué recuerdos, sin
darte cuenta de cómo viran al sepia los uniformes, las paredes, lso rostros de ese
daguerrotipo de tu zarandeada memoria.