PREGÓN DE LA SEMANA
SANTA DEL AÑO 2000
por Joaquín Caro Romero
EXCELENTÍSIMO
Y REVERENDÍSIMO SEÑOR ARZOBISPO,
EXCELENTÍSIMO SEÑOR ALCALDE,
ILUSTRÍSIMO SEÑOR PRESIDENTE Y JUNTA SUPERIOR DEL CONSEJO GENERAL DE HERMANDADES Y
COFRADÍAS,
EXCELENTÍSIMOS E ILUSTRÍSIMOS SEÑORES,
SEÑORAS Y SEÑORES,
HERMANOS COFRADES DE
TAL día como hoy ella nació. Yo no estuve presente en su
alumbramiento. Pero empecé a nacer con ella. Nací con ella porque llevo su sangre. Y la
sangre de un cofrade de Sevilla sólo se puede dar cuando se recibe, para luego
transfundirla en la propagación de la fe, y así sucesivamente en la noria del tiempo.
Tal día como hoy -ni antes ni después- nació con
ella este Pregón, en una casita que ya no existe situada al abrigo de la parroquia de San
Gil, donde se estrecha la calle Escoberos como queriendo abrazar todavía el recuerdo de
la recién nacida, pronto bautizada a la luz de la vecina Madreperla. Le pusieron el
nombre de la Patrona de Sevilla, Reyes. Llegó a ser una mujer guapa, alta y morena, que
fue envejeciendo, deber y ley, para luego -milagro- desandar lo andado, hacerse principio
en cada primavera penitente, hacerse joven en mis venas, hacerse muchacha en mi memoria,
hacerse niña en mi corazón, como otro día se hará sueño conmigo cuando yo no la
piense, porque volveré a estar a su lado en un reencuentro feliz de espíritu y materia.
Nació el 9 de abril de 1909. Hoy hubiera cumplido
noventa y un años. Una fecha, un aniversario, los de hoy, que, fijados por la Providencia
Divina, me ofrecen el convencimiento de que no ha llegado tarde a este atril. La madre de
un cofrade de Sevilla es más que un recuerdo, es una permanencia nutricia y no puede
estar ausente en las penas y las alegrías de su hijo. Y es tan honda la identificación
entre la madre del cielo y la de la tierra que ni una ni otra pueden mejorarse, y en el
verbo del pregonero la madre del cielo y la de la tierra se hacen carne y reconocimiento
de amor en un intemporal retorno de intensísimas vivencias que se vuelven indivisibles en
la unidad del espíritu. Y lo expreso retomando la voz de mi juventud:
Igual que ayer permanece.
Sale poco de su casa.
Mas cuando sale traspasa
la muralla y la florece.
Tan adornada, parece
una novia en el balcón.
Su cara y sus manos son
del pueblo los aledaños.
Siempre alivia desengaños
esta moza de San Gil,
que dicen que por abril
cumple diecinueve años.
Y Jesús, su Hijo, dos mil años. Si "en el
cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental", como ha dicho Juan Pablo
II, hay que retomar la idea básica de que el tiempo es sagrado: "los dos mil años
del nacimiento de Cristo -prescindiendo de la exactitud del cálculo cronológico-
representan un jubileo extraordinariamente grande no sólo para los cristianos, sino
indirectamente para toda la humanidad, dado el papel primordial que el cristianismo ha
jugado en estos dos milenios". Que en este gran jubileo -el primero en la historia de
la Iglesia que coincide con un cambio de milenio- "la humilde muchacha de Nazaret,
que hace dos mil años ofreció al mundo el Verbo encarnado, oriente hoy a la humanidad
hacia Aquel que es la luz verdadera, aquella que ilumina a todo hombre". Aquel que es
el Mesías y el Jubileo y que en la sinagoga nazarena leyó un pasaje de Isaías donde se
anuncia que viene "a pregonar año de gracia de Yavé".
CUÁL es la misión de nuestras Hermandades
en el tercer milenio? Todo se resume en una palabra: evangelizar, que "es la primera
vocación y misión de la Iglesia". Lo ha dicho muy recientemente el Santo Padre,
propulsor del apostolado seglar, que ha pedido que la Iglesia se abra más a los seglares.
Por eso nuestras Hermandades deben seguir fomentando la vocación evangelizadora de la
Iglesia como algo propio de su carisma, tal y como refleja la doctrina y el espíritu del
Concilio Vaticano II. El cofrade debe redefinir su papel extendiendo "la mirada de la
fe sobre los horizontes de la nueva evangelización" y tomando conciencia de la
necesidad por involucrarse en las diferentes pastorales que ofrece la Iglesia como cauce
para la transmisión del Evangelio. Y hay que llevar adelante todo esto sin desatender,
naturalmente, la responsabilidad que le impone al cofrade el mantenimiento, el desarrollo
y el traspaso de un tesoro de tradiciones, que son el mejor legado de su fe.
Expreso mi público reconocimiento y afecto, que no
son otros que los del Senado y el Pueblo Hispalense, a dos hombres que sin haber visto la
primera luz a la sombra de la Giralda han consagrado aquí sus vidas al servicio de Dios y
de las cosas de Dios. Uno ha conducido a la Iglesia de Sevilla al año 2000 y al tercer
milenio y otro ha llevado al órgano superior de nuestras Hermandades y Cofradías hasta
tan significativas fechas jubilares: Fray Carlos Amigo Vallejo y don Antonio Ríos Ramos.
CUANDO el próximo Domingo la Puerta de San
Miguel se abra a la Cruz de Guía de la primera Hermandad que hace su estación de
penitencia a la Santa Iglesia Catedral será como la versión sevillana de la apertura de
las Puertas de San Pedro, San Pablo Extramuros, San Juan de Letrán y Santa María la
Mayor, en un júbilo de túnicas blancas y cruces santiaguistas en los antifaces. La
Entrada de Jesús en Jerusalén dará cumplimiento a la Escritura. La fe en el Salvador no
puede sustituirse por otros valores como la paz, la concordia o el espíritu solidario,
que no son otra cosa que la consecuencia de la misma fe y del amor al Hijo del Carpintero.
Y la Catedral, "signo visible de la Iglesia, será el verdadero santuario de este
año jubilar", en el que hay que estar "atentos a lo que Dios quiere
decirnos" para reconciliarse con Él, como nos ha enseñado nuestro arzobispo Fray
Carlos, porque en este bimilenario del nacimiento de Cristo la palabra reconciliación
mantiene el mismo significado que conserva en el primer Evangelio, que nos trasmite:
"Si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo
contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu
hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda".
Pero antes del Domingo, el Viernes de Dolores y el
Sábado de Pasión, por Omnium Sanctorum y Torreblanca, las Hermandades del Carmen
Doloroso y del Cautivo nos pondrán el alma de rodillas en un preámbulo de densidades
pasionistas y jubilares.
EN la Semana Santa del año 2000, la gracia
del jubileo caerá sobre los cofrades de Sevilla y fertilizará sus corazones. Cuando la
ciudad metropoliza sus dimensiones y descarga sus habitantes en una periferia hostil y
deshumanizada, las Hermandades y Cofradías son la única conexión de las señas de
identidad de muchos sevillanos.
Cada calle de Sevilla es como una arteria de
Jerusalén, como un afluente del Jordán, como un depósito del lago Tiberíades, como un
risco del Tabor o una prolongación de Emaús. Cada libro de Reglas es como un apéndice
del Evangelio. El Evangelio se explica en cada paso de Misterio, en cada Crucificado y en
cada Dolorosa. El apostolado lo pone Sevilla. Por eso cada barrio tiene en sus Hermandades
y Cofradías la manufactura fragmentada del cuerpo místico de la Pasión que pone en la
calle cada primavera.
Las circunstancias jubilares hacen del 2000
"un año intensamente eucarístico". Por eso el papel de las Hermandades que
suman a su condición de penitencia el de sacramental es más relevante, pero sin
diferenciaciones en el conjunto.
En la iglesia de Los Terceros el misterio
eucarístico se hace cuerpo y sangre de Cristo en la encarnadura del divino Anfitrión y
del Ungido de la Humildad y Paciencia. ¿Y María? ¿Dónde estaba la Virgen del
Subterráneo cuando la Última Cena Pascual?
¿En dónde estaba María
cuando tomó el Pan el Hijo
y a sus apóstoles dijo:
"Hacedlo en memoria mía"?
Sí, ¿dónde estaba María,
en qué Subterráneo presa?
A todos dio la sorpresa,
que la Madre del Rabbí
estaba presente allí,
comulgando en otra mesa.
Comulgando en otra mesa:
la que Sevilla le ofrece,
Pan que en su crisol se cuece
y de tan puro no pesa.
El cáliz de la promesa
va por distintos senderos.
La fe de los costaleros
en sus lágrimas distingo
cuando Ella sale el Domingo
como el Sol de Los Terceros.
HERODES y Pilato estaban enemistados, pero se
hicieron amigos, dicen, el día que se intercambiaron al Galileo, para no inmiscuirse en
sus jurisdicciones respectivas. Una coyuntura que nos demuestra que "la política no
es un problema de principios, sino de tacto". El Prisionero dio la callada por
respuesta al que Él llamaba "ese zorro". El soberbio paso de la Hermandad de la
Amargura recoge esta estampa que estremece y maravilla en un itinerario penitencial que en
el Convento de la Compañía de Hermanas de la Cruz -donde su bendita titular, Sor
Ángela, descansa en urna de cristal como Bella Durmiente- encuentra su atrio de humildad,
caridad, pobreza y penitencia, en una fusión devotísima y coloquial entre el velo blanco
de las novicias y el blanco de las túnicas nazarenas bajo la mirada maternal de la
primera Dolorosa Coronada de Sevilla, en la que un cedro del paraíso se hizo carisma y
carne inmortal en la memoria de las bienaventuranzas, como "el jazmín que aroma en
tu camino", que plantó Adriano del Valle, y la dama de noche en una puerta del
templo ofrecen otra corona para su corona, con leyendas palmáceas e historias palmarias.
Herodes tiene un palacio,
pero Tú tienes un cielo
donde se funde sin duelo
la cera con el topacio.
La tarde se va despacio
dejando la plaza en calma.
Ten, Amargura, mi alma,
que al repetirse la historia
no sé si estoy en la gloria
o si en San Juan de la Palma.
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