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          ANTOLOGÍA DE TEXTOS

EVOCACIÓN Y AÑORANZA DEL DOMINGO DE RAMOS. ABC DE SEVILLA. 1985
por Manuel Ferrand

No sabría decir en qué año me ocurrió el encuentro con el son fino de la plata cimbreada, tintineo inolvidable de unos rosarios besando varales. No qué otro –era en una noche atravesada de casetas- coincidió por vez primera la blancura fragante del azahar con la salida de un paso de Cristo. Niño era cuando en la tarde de un Domingo de Ramos me llevaron a las sillas. Olor y tacto de enea mojada bajo un cielo limpio, de milagro. Bullicio sonoro, rumor apagado y acompasado de suelas de esparto bajo los faldones, el humo blanco celeste, que aromaba la calle de liturgia a cada balanceo, jugando a barrocos caprichos en su escalada. Por entonces, un acólito sostenía con las manos y con la cabeza un nada airoso artefacto con cimera de cruz parroquial. Me llamó la atención tanto como el hombre del cántaro y los de las parihuelas. Pregón del programa, de llamativos bastones, de chucherías. Los nazarenos eran manos y ojos y gafas, buenos o malos, según se dignaran o no a darme cera o caramelos. Al pasar el Desprecio de Herodes había que dejar sitio y volver a las apreturas; la mirada se afanaba en encontrar a las figuras en esquivo escorzo y el paso se deslizaba como barco dorado, demasiado grande y demasiado cerca. Los de los balcones lo verían a gusto, sin sobresaltos. En cambio, al llegar la Virgen, al detenerse por gloriosa chamba, los de arriba no verían ni a Ella ni a San Juan, tan sólo el techo del palio.

Luego vinieron muchos años, nuevas experiencias, pero la Semana Santa que llevo dentro, la esencial, es la que se forjó en mi niñez en sensaciones dispersas que perduran con una precisión indeleble. La vida se encarga de ir despojando al hombre de la maravillosa capacidad de sorpresa, de la avidez de descubrimientos. Por eso, tal vez, cuando llega el Domingo de Ramos y en Sevilla hay otra luz –porque la hay- y otro sonido y otros aromas, acude al alma, inexorablemente, un aura rara, empañadora, de nostalgia. Una nostalgia que no es razonable porque creo que hoy las cofradías son más ricas en contenido y en exorno, más serias y más consecuentes que cuando yo era niño. Es verdad que la gente, la muchedumbre, es otra y como otra se comporta. (Dios mío, lo de «guapa, guapa, guapa», clamor emplumado de chabacanería, cómo me saca de quicio). Pero las cofradías han ganado muchos puntos en los últimos veinte, treinta años: en el primor de bordados y orfebrería, en la traza y buena talla de los pasos de Cristo, en la forma de vestir a las Vírgenes y de engalanarlas. Han ganado en número, en afluencia de jóvenes y en espiritualidad, estoy seguro. Si no fuera porque desde entonces acá se han consentido alguna que otra imagen resueltamente impresentables, impropias de Sevilla…

Lo que echo de menos cada Domingo de Ramos, ya lo ven, es lo irrepetible. Los momentos deslumbradores, los primeros asombros, cuanto quedó en mis adentros para siempre para definición de mi propia Semana Santa. Importante poca cosa. A lo mejor, el fulgor de la candelería con temblores de llamitas, la marcha procesional escuchada por vez primera a la vera de los de la banda; el camino ilusionado, por entre calles repletas, de la mano de mi padre -«no vayas a perderte»- al encuentro de la Amargura, del Amor o de la Estrella. En el aire denso y fresco de la Catedral, olor a incienso, cera, madera antigua y empolvada, retumbo de cantoneras sobre el mármol, voz queda y oscura de los capataces, ronroneo, de pronto, de cánticos corales, tañidos que marcaban la hora verdadera de Sevilla. Veía a lo lejos a los pasos de Virgen y me parecían más pequeños, casi de escaparate de la Campana, cohibidos por lo imponente de las bóvedas en penumbra. Al fondo, enorme, con los contornos perdidos por la luz escasa, el Monumento que no se nos devuelve. «¿Aquí tocan los músicos», y venía la respuesta y la explicación breve y no satisfactoria. «¿Y saetas, no cantan saetas?». Más curiosidad que envidia por el nazarenillo que caminaba, vara en mano, tan girocho. Y retorno en brazos, dormido, soñando tal vez con tambores y cornetas, bullas, nazarenos y pasos deslumbrantes.

Esta es mi Semana Santa, hecha de detalles nimios pero acuciantes. Es la que aflora cada Domingo de Ramos, como a tantos otros hombres de Sevilla, cofrades o no, que de algún modo la llevan emotivamente, sensitivamente dentro y para siempre.

 

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