DOMINGO DE TEODULFO.
ABC DE SEVILLA. 1955
por Francisco Moreno Galvache
¿Por qué es tan dorado el Domingo de Ramos? Suele parecernos,
al uso sencillo, que lo es por la doración de las palmas. Sí que tienen mucha de la
lumbre del día las palmas, como que las invocan las antífonas, ofreciendo al Señor los
mejores y más pulcros requiebros de la alegría. Los textos sacros hablan, tiernamente,
de la alegría y la tristeza que abren, en este domingo, las puertas de la Pasión. La
alegría de la bienvenida de los «hosannas»; la tristeza de la Crucifixión. La
doración de los ramos la exalta la antífona de San Mateo, cuando hace crecer, sobre el
paso del pollino «que ningún hombre ha montado», todo el aire, luminosamente bruñido,
de la mañana en que el mundo gozó su júbilo mayor. Si el texto fue del gusto y la
alegría de la Iglesia, pruébase en que pasó, íntegro, a los cánticos con que la
procesión de la dominica pasea los templos y sus afueras, abrazándola, sin otra ternura
-¡pero, que infinita!- que la contenida en los ramos de palmas.
Y fue Teodulfo, aquel obispo de la Orleáns del IX,
quien doró, como pudieran dorar sus miniaturas medievales los monjes, la feliz mañana
exultante. Teodulfo fue quien doró el día desde la gracia de un himno, cuyos versículos
contienen toda la hermosura de la celebración.
Debiéramos las criaturas acercarnos con mayor
delicadeza a los primores de este himno teodulfino. Cuando la procesión, luego de las
incensaciones, inicia su marcha por las naves templarias, hacia la calle, lo hace con una
oración invocativa que ordena y convoca al amor más puro: «procedamus ub oace», reza
el liácono; es decir, vayamos en paz. ¿No es la Iglesia el modo universal de ir, de
andar, en paz, cercado de paz, al margen de toda contienda y toda sangre? Se procesiona en
el nombre de Cristo. ¿No es el mayor de los nombres, la gala más crecida, como que otra
medida no tiene la tierra, de los nombres? Delante, el turiferario y el subdiácono, junto
a los acólitos, con dorados ciriales, se alza la Cruz. Rodea la procesión la piedra del
templo nada prevalece contra ella-, y, ya de regreso, se inicia a las puertas un
coloquio, una cantada finura, un requiebro dialogado, que atraviesa los pórticos, a
través de las maderas, y cantan, de dentro afuera, las voces, con los requiebros en que
se renuncia, a favor de la ternura, a todo término que no sea dorado, que no sea
lumínico: «¡Oh Rey, a quien los niños aclaman!» Golpea el subdiácono -¡qué
delicadísimo golpe!- las puertas, presionándolas con el astil de la cruz, no con la
mano, porque con las manos se llama a las puertas del mundo, como si se pidiera una
licencia de penetración. Se canta, entonces, el «Ingrediente Domino», y al abrirse la
iglesia, los pies, suavizados por la flexibilidad botánica y rubia del día, se deslizan,
quieta, mansamente, como si el señor estuviera cruzando en su jumento, en su pollino
evangélico, delante de nosotros. Se dora, aún más, el día; se hace espiga abierta el
aire; se clarea, se adelgaza el azul, se hace distante música el tiempo, y el Domingo de
Ramos alcanza su plena alegría: «y nosotros dice el himno- te cantamos dulces
melodías», y se llama al Señor Rey benigno, Rey de todo lo bueno, Rey de todo lo
piadoso, y parece que en bóvedas y altares retumba, izado, enhiesto, el versículo
tercero: «Toda la corte celestial te alaba». Es el himno de Teodulfo, el obispo, que
cubría de niños la mañana de los Ramos, porque la veía inocente y rubia, infanzona,
blanda, castísima. A esa hora, dentro, se inicia la misa como la gente la llama-
del evangelio largo, y entre los inciensos y las ceremonias, se goza la hermosura del
único Dolor que se oye «con las manos llenas de ramos».