ENIGMÁTICA, LA
SEMANA SANTA ANDALUZA. ALFA Y OMEGA. 2000
por José María Javierre
Preguntan los viajeros, preguntan y no paran. Quieren
interpretar el fenómeno humano de la Semana Santa andaluza. Les resulta incomprensible
que un pueblo cargado de reivindicaciones y desdichas haya salvado hasta hoy esta
tradición. Cómo es que llevamos dentro tanto desengaño con tal carga de alegría. Si de
veras podemos sufrir y gozar, tanto, al mismo tiempo .
Vaya por delante que no hay Semana Santa andaluza, hay Semana Santa de cada pueblo
y de cada capital de Andalucía. Los periodistas que pateamos el planeta sabemos que cada
tierra, cada grupo humano, debe ser comprendido desde dentro, con arreglo a
parámetros suyos. Aquí abajo la Semana Santa puede verse, aplaudirse; o criticarla desde
fuera. Error y cansancio inútil. Un día, el profesor de Religión, venido aquellos años
de arriba de Despeñaperros, buen teólogo él y excelente biblista, examinó a un
muchacho sevillano, ya grandote, a punto de comenzar su carrera universitaria:
¿El Padre es Dios?
Sí señor, el Padre es Dios.
Entonces, como Dios, es inmortal.
Sí señor, es inmortal.
¿Y el Hijo es Dios?
Sí, señor. El Hijo es Dios.
Entonces, ¿cómo explicas que Jesús, siendo Hijo de Dios inmortal, muriese
en la cruz?
El joven rápido, sonriente:
¡Pá que usted vea!
Todavía mis amigos alemanes me insisten: Es
absurdo que no coloquéis a cada paso de la Semana Santa su motor, y ruedas de goma.
Armado de paciencia intento transmitirles que si
alguien osara en Sevilla colocar el motorcito, le sacamos los ojos; que los costaleros
dotan a las imágenes caminantes de aire humano, dan al Señor Nazareno la
cercanía de quien sufre con nosotros, y nosotros con Él; que así la Virgen nos viene
deslizándose divina sobre el mar de la muchedumbre; que una corriente de ternura sube
desde la imagen, bellísima, hasta el portador fatigado, sudoroso él bajo las
trabajaderas; que un escalofrío nos estremece cuando a ésta es el golpe del
martillo hace saltar el paso al aire con temblor de cirios, flecos y varales, porque los
costaleros, alzando la imagen, nos alzan a cada uno y a todos nosotros, alzan Sevilla,
alzan Andalucía que camina con su cruz a cuestas, con sus aciertos y sus errores, con su
gozo y su pena; que no se trata de una carga material para arrastrarla mecánicamente: con
Él y con Ella va sobre los costaleros nuestra vida y nuestra muerte, la apuesta absoluta
de nuestro ser
Preguntan y no paran, quieren saber cuánto
pagamos a cada costalero; les explico, en nuestra jerga cofrade:
Pagan "ellos"
por "igualarse" de costaleros, de "fiadores", y si pudieran un día,
de "pateros"
Estáis locos, a la entrada del siglo XXI
seguís metiendo vuestros costaleros bajo el paso; sería ideal un motor diesel.
Vuestro motor daría "más fuerza"
a los pasos; el costalero les da "gracia".
¿Gracia?, ¿y qué es la gracia?
Inútil, ninguno de vuestros cerebrales
filósofos lo sabe: Gracia es un duende que nació en Sevilla
Ninguna ciudad del planeta ha cosechado a lo largo
de siglos semejante letanía de laudes y denuncias, de alabanzas y desaires. La Semana
Santa de Sevilla no es sólo un espectáculo, es una experiencia. Hay que entrarle,
hay que ir con ella, lo cual no es fácil por una razón que yo me sé: los andaluces no
tienen puesta su región en un escaparate que aguarde el asombro y el piropo de los
visitantes, los andaluces son y viven, lloran y ríen a su gusto, guardando el compás de
las emociones tradicionales con arreglo a un calendario secular. Les importa, pues,
bastante poco lo que piensen y escriban viajeros venidos de fuera a ver qué ocurre en la
Semana Santa. Sevilla y su gente viven hacia adentro, están dentro
, quizá
demasiado: porque su actitud hermética les aleja de los circuitos financieros europeos,
hoy que la economía condiciona el bienestar.
Eugenio Noel, como tantos, tiempo atrás observó
nuestra Semana Santa. Miren que fue sutil escritor, aunque algo altivo: Pues no se
enteró. Noel recoge una acusación mil veces repetida. Echa por delante los elogios, nada
es aquí prosaico ni vulgar; nos ve abrumadoramente originales, le parece delicioso,
impetuoso, el ardor popular; y mete la estocada: Mas, ¿y la fe?
¿Dónde
? Lo que hay es derroche, generosidad, orgullo y paganismo.
La pregunta clave, ¿venenosa?: si las Hermandades
y sus imágenes llevan en sí auténticos contenidos religiosos. Aquí abajo conocemos
perfectamente las dos docenas de defectos propios de nuestra Semana Santa, suficientes
para elaborar una denuncia sociológica. Y teológica. Cada forastero puede ver lo que le
apetezca, probablemente le sobra razón. Sevilla no pregunta a nadie por su vida personal
profunda, respeta los horizontes misteriosos de la fe. Tan lejos estoy de disimular
nuestras lacras que yo mismo he apartado de la ruta del sur a algunos extranjeros que
pasaban por Madrid con las alforjas llenas de topicazos andaluces. Traté de que
conocieran primero la Semana Santa castellana, seria, comprensible: Otro año bajará
usted a la gran parada de Sevilla.
Vivía aún el cardenal Segura, objeto permanente
de desconcierto en las redacciones de los diarios parisinos. Mi amigo no estaba dispuesto
a desaprovechar los clichés que traía preparados: No; me voy a Sevilla, quiero la
Semana Santa con castañuelas y cardenal Segura.
Uno de mis amigos abandonó Sevilla el miércoles,
temprano: le resultaba imposible soportarnos hasta el sábado:
No os entiendo, y menos a ti como
sacerdote del Concilio Vaticano II: ¿Apruebas estos modos de religiosidad?
Me mosqueó, él quería pelea:
No te han gustado nuestras Cofradías.
Entró a matar:
Estos tipos de piedad son restos
medievales, con una carga supersticiosa intolerable para la sensibilidad espiritual de la
época presente; y dan una cara arcaica de la fe cristiana.
Comprendo lo difícil que ha de resultar para un
forastero descubrir los estratos de la Semana Santa; espectáculo a ojos de quien la
contempla, pero vivencia sagrada para el creyente que camina seis horas tapada la cara
bajo un antifaz a solas en medio del bullicio. Yo que lo conozco puedo certificar el
influjo callado de un Cristo y de una Virgen a lo largo del año en el ámbito familiar.
Quienes sólo contemplan la fiesta externa del pueblo sevillano, ni adivinan ni pueden
siquiera sospechar la corriente sanguínea que durante todo el año circula por el sistema
arterial de las Hermandades. He aquí uno de los misterios que sólo se perciben a fuerza
de habitar largamente en esta tierra.
El viajero puede creer que los entusiasmos de un
barrio por un cristo o por una virgen están elaborados con dosis pasajeras de exaltación
colectiva. Nosotros mismos nos planteamos la pregunta, como un arpón: Si cincuenta mil,
ochenta mil amigos de Cristo redentor acompañan como nazarenos al Señor que nos libera y
nos salva, en Sevilla han de notarse las huellas de tantos pies ajustados a la horma del
Evangelio: ¿Cuándo seremos una ciudad del todo justa, pacífica y bondadosa, cristiana
de verdad?
COMO UNA INUNDACION IMPARABLE
Tampoco estimo un pecado europeo que
apliquemos a la Semana Santa el aire festivo macareno. España entera sabe que los armaos,
legionarios romanos, cuya obligación histórica sería ejercer de guardia pretoriana para
su gobernador Pilatos, han decidido cambiar de bando: Escoltan con los debidos
honores al Jesús de la Sentencia y a su madre Macarena. Pintureros ellos con su uniforme
romano, la coraza, plumas airosas del casco, lanza, trompetería y sus tambores, siembran
de salero y de zumba el amanecer de la noche dramática de Sevilla cuando se adivina la
resurrección. Vaya usted a descubrir si es cierto el piropo de aquella mujer despidiendo
a su marido que, vestido de armao, salía de su casa hacia San Gil:
Adiós, Julio César.
O si es auténtica la demanda del capitán de los armaos
que, a favor de uno de sus mílites acusado de falta, resolvió el conflicto ante la
policía municipal con esta frase:
Apelo a Roma.
Sevilla tiene colgada su mirada de la cara de madre
joven, linda, peregrina, bellísima, de su virgen Macarena, Esperanza llorosa y sonriente.
Sonreir y llorar son dos actos humanos específicos, expresión externa de sentimientos
profundos. A lo largo de siglos, pintores y escultores han adornado con sonrisas el rostro
de la mujer hermosa. La Virgen medieval sonriente apoyada en la columna de la catedral de
Bamberg, y la Gioconda de Leonardo, tienen ganado el aplauso universal para dos artistas,
escultor uno, pintor otro, que supieron dejar prendida en los labios de sus damas una
sonrisa enigmática, indescifrable, al mismo tiempo arcana y sugerente. La carita maternal
de la Macarena nos fascina porque al llanto junta una sonrisa, tal cual ocurre a todas
horas en nuestra biografía personal; pues amasados estamos de alegrías y lágrimas. Nada
extraño que al amanecer del Viernes Santo el río de la devoción popular sevillana se
desborde hinchándose como una inundación imparable
Mi amigo forastero:
Pero estáis celebrando la Pasión de
Cristo, he visto los Cristos de la Buena Muerte, de Pasión, del Gran Poder, del Silencio:
¿cómo es que mezcláis el misterio de la sangre con la alegría resucitada?
Yo, desde aquí:
¡Pá que usted vea!