Es este uno de los encantos más puros y
admirables de la Semana Santa. Es un perfume totalmente distinto de los perfumes de
incienso, cera y flores. Por separados estos se perciben constantemente durante toda la
Semana. Pero es que Sevilla sabe combinarlos magistralmente en abundante variedad de
matices y merecen especial mención varias conjunciones de perfumes que se dan en la
Semana Santa.
Nadie puede afirmar con certeza que ha disfrutado del perfume de los
naranjos hasta que haya presenciado la salida de la cofradía del «Silencio». El
refinamiento artístico sevillano ha poblado su calle de naranjos; sale la cofradía a la
hora en que al azahar derrocha su inmaculado aroma: las dos de una madrugada limpia y
lunada de primavera sevillana.
Magníficas combinaciones olfáticas se consiguen al paso de las
cofradías de la Paz y la Candelaria por el parque de María Luisa y los jardines de
Murillo, repectivamente. Nuevos perfumes se suman al conjunto: los de la fresca
vegetación, el de la hierba húmeda, y a la candelaria se le unen misteriosamente los
embrujados aromas del inmenso vergel de los jardines del Alcázar, que se asoma tras las
murallas para fundirse con el perfumado paraíso que es un paso de palio.
Otra admirable conjunción aromática nos la ofrece el interior de la iglesias. Esas
iglesias abiertas en las horas del mediodía prestan a los pasos, ya preparados para hacer
estación esa tarde, un aroma fresco y diáfano, más sensible al tacto que al olfato. Es
el contraste dela luz ante la penumbra, la del bullicio ante el silencio. Es el penetrante
olor a iglesia vacía; perfume de siglos dormidos en el tiempo.