EL VÉRTICE DE LA
MADRUGADA. DE «VÉRTICE». 1948
por J. Losada de la Torre
Es sonoro, alguna vez, el mismo silencio. Lo es, en una hora
exacta de Sevilla. Todo en ese momento se paraliza y suspende. Hay en torno a la Catedral
una imponente muchedumbre y apenas se oye un tenue rumor. Es la hora indecisa del día. Se
pinta, en lo alto, una raya blancuzca, que poco a poco extiende su albor y empalidece a
los luceros, y hay un vientecillo suave, precursor de la mañana próxima.
Las cofradías entran en la basílica. La sonoridad
de la madrugada está en el chisporroteo de los cirios, en el leve chocar de las arandelas
de los «pasos», en el crujir de los varales de los palios y en ese acompasado susurro
que producen, al caminar, los penitentes. Nada más. Y no hay contraste posible, porque el
pasmo lo impide.
Las naves de la Catedral están solitarias.
Penetran en ellas únicamente las hermandades, con sus imágenes, y hay un milagro de
luces temblorosas y andariegas bajo las bóvedas. Nada turba aquel silencio lleno de
emoción religiosa. Pero este silencio es el mismo de la calle, en la que se estrujan y se
aprietan miles y miles de criaturas, Y será idéntico al de la multitud que espera al pie
de la Giralda la «salida», cuando ya el cielo está claro y hay en los altos confines
como un rompimiento de gloria. Es unánime la actitud, porque es unánime el sentimiento.
He creído siempre que el vértice de esta
madrugada sevillana del Viernes Santo está dentro y en los aledaños de la Catedral. No
hay en el mundo manifestación parecida de fe y de arte. Ni idéntico silencio en el que
vibran, haciéndolo sonoro, un sólo espíritu y una sóla emoción.