El Cristo de la iglesia de la
Universidad, el de la sacristía de la Catedral y el del templo de Santa Catalina son los
tres idénticos por su asunto, y los tres se diferencian íntimamente. En ellos expresó
el artista el instante difícil y siempre aterrador de la muerte del Nazareno. La energía
patética de Montañés cobra un vuelo insuperado, y es como si se obstinase en operar
sobre el mismo argumento hasta agotarlo. El alma del artista diríase que se siente
angustiada por el tema doloroso, y que trata de expresar su propia aflicción a fuerza de
enseñarse en el asunto. Cuando parece que no le queda nada por decir, y cuando el Cristo
ha brotado perfecto, definitivo de forma y de sentimiento, todavía no se tranquiliza del
todo; vuelve al mismo tema de la muerte del Justo, y demuestra, en efecto, que algo de
sutil y de inefable le quedaba por expresar.
Hasta que sus manos, como un portento milagroso, sale por último ese
Cristo del Amor, de la iglesia mudéjar de Santa Catalina. No es posible hacer más. Es la
obra definitiva, y el tema de la muerte de Jesús ha sido agotado. Uno comprende que es
así como debió quedar Crucificado en su último instante de vida terrena. Así, con el
cuerpo que empieza a desplomarse, con la cabeza cayéndose a un lado del pecho y, sobre
todo, con ese tinte de resignación y de dolorosa fatiga que muestra el semblante. El
pueblo sevillano le dio al nombre oportuno: Cristo del Amor. Efectivamente, es el amor que
sufre, y perdona, y compadece.
(N) Por los años en que José María Salaverría vino a
Sevilla en Semana Santa, la cofradía del Cristo del Amor residía en la iglesia de Santa
Catalina, y, por otra parte, aún no estaban suficientemente documentadas las obras de
Montañés y de Mesa.